La cucharada estrecha
Un fama descubrió que la virtud era un
microbio redondo y lleno de patas. Instantáneamente dio a beber
una gran cucharada de virtud a su suegra. El resultado fue
horrible: Esta señora renunció a sus comentarios mordaces,
fundó un club para la protección de alpinistas extraviados y en
menos de dos meses se condujo de manera tan ejemplar que los
defectos de su hija, hasta entonces inadvertidos, pasaron a
primer plano con gran sobresalto y estupefacción del fama. No le
quedó más remedio que dar una cucharada de virtud a su mujer,
la cual lo abandonó esa misma noche por encontrarlo grosero,
insignificante, y en un todo diferente de los arquetipos morales
que flotaban rutilando ante sus ojos.
El fama lo pensó largamente, y al final se tomó un frasco de
virtud. Pero lo mismo sigue viviendo solo y triste. Cuando se
cruza en la calle con su suegra o su mujer, ambos se saludan
respetuosamente y desde lejos. No se atreven ni siquiera a
hablarse, tanta es su respectiva perfección y el miedo que
tienen de contaminarse.